viernes, agosto 25, 2006

 

Primera parte del relato del profesor

1)El narrador observa cómo se embala la primera caja y comienza a reflexionar acerca de las implicaciones de la mudanza

Tratar de descifrar qué ese es vacío en el estómago, ese bache mental, ese malestar vago pero absorbente que a veces se apodera de él es, ni más ni menos, buscar la pieza más pequeña y delicada del engranaje de una máquina de alta tecnología, el tornillo Phillips de cabeza particularmente estriada, la torre de precisión de una bujía japonesa.

Le gustaría estar frente al escritorio cubierto de informes, con el teléfono repicando sin tregua, con la secretaria exigiéndole pareces, firmas y fechas, pero está de vacaciones. Y encima la mudanza.

Realmente hace poco, una compañía especializada que acomodará, embalará y transportará, en un camión equipado. Todo asegurado, todo lo que se puede aspirar cuando se ha dispuesto todo y pagado todo. Él se sienta en su balcón a esperar, da una de las últimas vistas a la ciudad, se aferra a una mesa y un computador portátil que viajarán de último.

Repasa por la cabeza la idea de la mudanza y, de repente, aparece la imagen de un naufragio, maderos rotos de la embarcación, víveres, mercancías empapadas y él semidesnudo y con barba de días. Es la gran conclusión que le dejaron las mudanzas con sus padres cada uno de esos traslados es un naufragio. Una tremenda tragedia donde se pierden fotos, memoria, libros, palabras, discos, melodías y quién sabe cuántas cosas más. Se entrega al vacío, al bache mental, a ese malestar que era vago pero ahora se consolida en sus rodillas y lo obliga a sentarse.

No podría decir si fue azar y no llamará a su madre para diluir la duda, pero le regaló hace cuestión de dos días “Tres rosas amarillas” de Raymond Carver. El primer relato se llama “Cajas” y es, por supuesto, una mudanza. Lo leyó esa misma noche y no ha podido seguir al siguiente. Lo relee obsesivamente y se va sintiendo protagonista, narrador, personaje y acción de cada uno de los eventos del relato.

Estaba convencido de la importancia y conveniencia del proceso secuencial: primero, todas sus cosas serán embaladas en orden creciente de prioridad en las cajas, luego las comenzarán a trasladar. Pero, entonces pensaba en su casa convertida en un depósito de cajas mientras se cumplía el traslado y sentía que se estaba aproximando a convertirla en un rompecabezas que tardaría semanas, quién podía saber si meses en rearmar en el nuevo apartamento.

Deja caer el peso sobre el respaldar de la silla, suspira y, como al azar, viene a su mente y se abalanza hacia su boca como en caída libre desde lo alto de una catarata, un nombre: Milena.

Pero es una impresión pasajera. Lo dijo en voz alta, Milena y, sin embargo, no hubo apariciones, fogonazos, ninguna manifestación. Ahora podía continuar con su malestar.

Trata de animarse pensando en su nueva casa. Siempre quiso tener un gran ventanal con vista al mar, una inmensidad azul, que se perdiera a su vista, que le hablara de infinitos, de la ausencia de limitaciones y ahora estaba a pocos días de ser suyo. Pero justo cuando se está enamorando de todo lo que esa vista le evoca algo interrumpe el arrebato.

A veces se detiene y piensa en la correspondencia: todos los sobres que por semanas, tal vez meses llegarán a su vieja residencia. Alguien podrá saber cuánto gasta en teléfono celular y a quién llama, leerá alguna postal, recibirá algún material por subscripción que no pueda procesar su cambio de dirección a tiempo.

A veces el eco del nombre Milena vuelve.

El libro de Carver está sobre la mesa. Mañana se entretendrá haciendo rótulos para las cajas, etiquetas genéricas que simplemente orienten: libros, utensilios, archivos. Alguno que diga frágil, aunque la compañía tenga sus etiquetas. Allí seguramente irán la vajilla que le regaló su madre, algún florero, posiblemente los discos.

Es un niño en la víspera de Navidad, no puede sobreponerse a la expectativa. “Cajas” se llama el relato. Cierra los ojos y ve a los embaladores y, de repente, siente que se trata de una especie de técnicos funerarios, de embalsamadores de su vida en esas paredes. Después de todo siempre hay de por medio una caja.

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